Page 9 - Revista Bitacora
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claridad de ciencia para enseñar la verdad de Cristo, como  si fueran
                  verdaderos "perros del Señor" o “vigilantes de la viña del Señor”, por eso

                  se llaman también “Dominicanu”  que  es  un compuesto de  Dominus
                  (Señor) y canis (perro).



                        Otro  símbolo  de  la  Orden  y  el  más  importante  es  la  devoción  a

                  Nuestra Señora del Rosario. Cuenta el gran biógrafo de San Domingo, el
                  Beato Jordán de Sajonia, que cierta vez estaba el Santo preparando una
                  homilía en la sacristía de la Catedral de Nuestra Señora, para una misa a

                  la que asistían el Consejo  Superior y los principales doctores de  la
                  Universidad  de  Paris.  Entonces  se  le  apareció  la  Santísima  Virgen  y  le

                  dijo: “Hijo mío, dame lo que escribiste y predica este otro que yo te doy.”
                  Cuando Santo Domingo salió al pulpito y leyó la homilía que le dio la

                  Virgen, todos los asistentes quedaron admirados de su ciencia, pues
                  contenía  la  descripción  y  significado  de  cada  uno  de  los  misterios  del

                  Santo Rosario, que resumen la vida de Nuestro Señor Jesucristo.

                        Gracias al apostolado familiar y educativo de los Dominicos, desde el

                  siglo XIII hasta nuestros días, las familias católicas se distinguen por el
                  rezo diario del Santo Rosario, generalmente encabezado por el padre de

                  familia,  en  compañía  de  su  esposa,  hijos  y  personas  del  servicio
                  doméstico.  Se  requeriría  de  muchos  libros  para  compilar  todos  los
                  relacionados con la familia que están debidamente documentados.


                  Santo Domingo, fallece el 6 de agosto de 1221 en Bolonia, asegurando a

                  sus frailes  que les sería más útil después de muerto. Los milagros
                  ocurridos desde el mismo día de su fallecimiento fueron incontables. Dice
                  el Beato Jordán de Sajonia, que fueron tantos, “que los frailes acordaron

                  que no debían aceptarse los milagros, no fuese que bajo el manto de
                  piedad  cobrasen  fama  de  interesados.  De  esta  suerte,  protegiendo  su

                  fama con una santidad indiscreta, postergaron el  común provecho de la
                  Iglesia y sepultaron la gloria divina.” (Beato Jordán de Sajonia, Orígenes

                  de la Orden de Predicadores,  p.200,  Santo  Domingo  de  Guzmán,  visto
                  por sus contemporáneos. BAC, 1957).



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