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de vida y claridad de ciencia para enseñar la verdad de Cristo, como si
                  fueran verdaderos "perros del Señor" o “vigilantes de la viña del Señor”,

                  por  eso  se  llaman  también  “Dominicanu”  que  es  un  compuesto  de
                  Dominus (Señor) y canis (perro).


                        Otro  símbolo  de  la  Orden  y  el  más  importante  es  la  devoción  a
                  Nuestra Señora del Rosario. Cuenta el gran biógrafo de San Domingo, el

                  Beato Jordán de Sajonia, que cierta vez estaba el Santo preparando una
                  homilía en la sacristía de la Catedral de Nuestra Señora, para una misa a

                  la  que  asistían  el  Consejo  Superior  y  los  principales  doctores  de  la
                  Universidad  de  Paris.  Entonces  se  le  apareció  la  Santísima  Virgen  y  le
                  dijo: “Hijo mío, dame lo que escribiste y predica este otro que yo te doy.”

                  Cuando  Santo  Domingo  salió  al  pulpito  y  leyó  la  homilía  que  le  dio  la
                  Virgen,  todos  los  asistentes  quedaron  admirados  de  su  ciencia,  pues

                  contenía  la  descripción  y  significado  de  cada  uno  de  los  misterios  del
                  Santo Rosario, que resumen la vida de Nuestro Señor Jesucristo.


                        Gracias al apostolado familiar y educativo de los Dominicos, desde el
                  siglo XIII hasta nuestros días, las familias católicas se distinguen por el

                  rezo diario del Santo Rosario, generalmente encabezado por el padre de
                  familia,  en  compañía  de  su  esposa,  hijos  y  personas  del  servicio

                  doméstico.  Se  requeriría  de  muchos  libros  para  compilar  todos  los
                  relacionados con la familia que están debidamente documentados.


                        Santo  Domingo,  fallece  el  6  de  agosto  de  1221  en  Bolonia,
                  asegurando a sus frailes que les sería más útil después de muerto. Los

                  milagros  ocurridos  desde  el  mismo  día  de  su  fallecimiento  fueron
                  incontables. Dice el Beato Jordán de Sajonia, que fueron tantos, “que los

                  frailes  acordaron  que  no  debían  aceptarse  los  milagros,  no  fuese  que
                  bajo el manto de piedad cobrasen fama de interesados. De esta suerte,

                  protegiendo su fama con una santidad indiscreta, postergaron el  común
                  provecho de  la  Iglesia  y  sepultaron la  gloria  divina.”  (Beato  Jordán  de

                  Sajonia, Orígenes de la Orden de Predicadores, p.200, Santo Domingo de
                  Guzmán, visto por sus contemporáneos. BAC, 1957).




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