Page 36 - Nuestra Señora de Chiquinquirá de La Estrella
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Se hizo fuerte en su caney procurando con mucha
valentía desde allí defenderse con flechas, los nuestros
viendo que eran muy pocos no los acometiesen.
Entonces, el capitán Tejelo hizo llamar al jefe in-
dígena para que viniese en paz, en lo que puso mucha
diligencia para evitar perecieran sus indios.
Mitigado el jefe indígena con las buenas palabras
que le decía el Capitán, sacó por la puerta del bohío entre
sus manos una criatura de siete u ocho meses de nacida.
Preguntándole Tejelo qué era lo que pretendía con
aquel niño, le respondió que se la daba para que comiese.
Respondiéndole el Capitán que no venían a comer hombres
sino a ser sus amigos y parientes y hacer las paces con él.
Le preguntó entonces el jefe indígena de qué alimen-
taba a sus hombres que jamás él había oído, ni visto.
Respondió el Capitán que comían maíz, carne de puercos
y de venados, y también comían oro. Al momento el jefe
indio se puso feliz y metió el niño dentro del bohío, salió
arrojando a sus pies un talego de algodón lleno de oro
que pesó ocho libras castellanas, diciendo: “Toma cómete
ese oro, que mientras te ocupes con eso, yo y mis indios
estaremos seguros, porque no me puedo persuadir de
que no coméis hombres.” (Fray Pedro Simón, Noticias
historiales de tierra firme, en las Indias occidentales,
Tomo IV, Parte III, Cap. XX, pág. 29).
Este relato permite discernir el terror que tenían
los indígenas del Valle de Aburrá a los caníbales, simi-
lar al que los muiscas de la sabana de Bogotá tenían a
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