Page 47 - Nuestra Señora de Chiquinquirá de La Estrella
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Belalcázar que venía de Lima y Quito estaba compuesto
de andaluces, extremeños, castellanos, vascos y catalanes,
indígenas, mestizos, zambos y mulatos, que pobremente
y en pequeña escala reproducían en los lugares donde se
asentaban, los patrones del urbanismo colonial.
El Valle de Aburrá es uno de esos casos en los que
una región es susceptible de convertirse en multiétnica
y también es fuente productora de riqueza gracias a las
familias que se conocen y poco a poco van migrando y
asentándose en un determinado lugar donde se compac-
tan a través de la lengua y la religión. Así comienzan a
atraer otros pobladores. Se sabe cómo durante los siglos
XVI a XVIII, familias principales hasta de ínfima posi-
ción social, se trasladaban a vivir al Valle de Aburrá para
lucrarse de las notables oportunidades que se daban,
bien fuera como propietarios o leales trabajadores.
La Villa de la Candelaria y su Valle de Aburrá no
fue un centro negrero como Cartagena o cuna de una
sociedad de terratenientes esclavistas como Popayán.
Tampoco que hubiera tenido una casta de encomenderos
dominando una numerosa población indígena, tal como
ocurrió en Santafé de Bogotá y en Tunja. Su caso fue,
apenas, el de una estrecha villa que junto con el valle
que la circundaba, atrajo continuamente una población
suelta y libre, cuyas familias más afortunadas hicieron
del comercio y del control de lejanas minas las bases de
su economía familiar sin lucha de clases.
Cuando el sitio de Aná fue erigido en villa, la pobla-
ción que venía ocupando el valle, era, bastante mestiza
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